Los sueños y la disciplina siempre han estado unidos a la consciencia, muchas veces considerándose opuestos, aunque sin tener en cuenta que ambos se complementan mutuamente. Rescato ese concepto para escribir sobre un artista boliviano, muy controversial para algunos; pero destacado en la música porque la misma fue el pasaporte hacia el origen de su éxito en la vida.

Los sueños y la disciplina siempre han estado unidos a la consciencia, muchas veces considerándose opuestos, aunque sin tener en cuenta que ambos se complementan mutuamente. Rescato ese concepto para escribir sobre un artista boliviano, muy controversial para algunos; pero destacado en la música porque la misma fue el pasaporte hacia el origen de su éxito en la vida.

EDWIN CASTELLANOS EL MÚSICO

Nació en la ciudad de Cochabamba una mezcla de tarijeño por parte de padre y totoreño de su madre. Ama la música ya que desde niño tuvo la oportunidad de aprender a tocar el piano, “me gustaba tanto las artes que si no fuera músico sería pintor”, comenta.

Edwin es un hombre que sueña todo el tiempo, cree en la disciplina de su accionar, particularmente en los proyectos que se impone. Estudió piano y guitarra de manera autodidacta; sin embargo, su habilidad le permitió leer partituras musicales. Nunca estuvo en el Instituto Eduardo Laredo, aunque no le faltaron invitaciones de ese prestigioso establecimiento, “mi formación fue en el colegio Anglo Americano de Cochabamba y en la música de manera particular gracias al impulso de mi madre”, recalca.

TUPAY Y VIVIR DEL ARTE

Edwin Castellanos y Fernando Torrico formaron Tupay, luego de una grata experiencia con la agrupación Kjarkas. Se dice que fue la mejor época de este grupo allá por los años 80 y principios de los 90.

Posteriormente, decidieron separarse para formar en 1995 el grupo Pacha junto a Elmer Hermosa y Gastón Guardia, historia que duró aproximadamente un año. Tras grabar un solo disco, se separaron definitivamente y constituyeron el dúo Tupay, que en buen quechua significa “unión de dos ríos para hacer uno solo grande”. Actualmente Tupay tiene 27 años de vigencia, en esta ocasión acompaña con la primera voz el destacado músico orureño Iver Villarroel.

Edwin Castellanos gracias a proyectos serios que diseña puede vivir del arte, aunque advierte; “son pocos los que pueden hacerlo, para el artista boliviano es difícil, si bien yo tuve cierto éxito, pero fue en base a mucha dedicación y disciplina”. Sin embargo, afirma: “tenemos que buscar oportunidades, por ejemplo, sabemos que el boliviano sale fuera del país en busca de nuevos horizontes, se afincan, llevan consigo sus costumbres y cultura, es precisamente ese mercado al que apuntamos, razón que hemos viajado a varios países tanto en Europa como en Estados Unidos, para interpretarles la música de Tupay y llenar sus vacíos de nostalgia a nuestros coterráneos”.

EL ÉXITO DE LAS CANCIONES DE EDWIN

Alguien decía que el boliviano tiene muy buena música; pero divorciada de la poesía, “para mí leer libros, poesía, etc., es el complemento necesario, no para copiar; sino para tener mejores herramientas literarias y construir mis canciones, las letras que introduzco en ellas, me permiten decir las cosas de mejor manera y dar un mensaje, por tanto, la música debe estar acompañada de una buena letra”, sentencia Edwin.

“En los últimos tiempos hemos exportado nuestra música a otros países con buena letra, trato de escribir canciones muy honestas y sinceras, evidentemente varias de las melodías que hice, son éxito y en muchos de los casos clásicos dentro el repertorio tanto nacional como extranjero, particularmente”, asegura Castellanos.

EL TALENTO VISIONARIO DE EDWIN

El destacado compositor de la emblemática “Niña Camba”, segundo himno de Santa Cruz de la Sierra, Cesar Espada comenta sobre Edwin Castellanos: “Es uno de los pocos músicos bolivianos, que está más allá de todo, es un hombre visionario al margen de su talento aprovecha de todos los recursos posibles para desarrollar su música, como la tecnología, quizá es de los pocos que sabe hacia dónde va, ahí el éxito de su arte, es un ejemplo a seguir”.

El talento de Edwin debe ser concebido como innato, lleno de color y calor humano, sus composiciones siempre pueden beber en las fuentes originarias de la existencia, en un agua siempre renovada en que la vida se recrea a sí misma. Se trata de la posibilidad de un continuo ir y venir de la creación, del silencio al sonido, de la inmovilidad al movimiento, del grito al canto, del canto a la palabra, de la palabra a la melodía.