Históricamente, a pesar de sus logros y de su creciente presencia en la escena musical, las mujeres han enfrentado diversos obstáculos estéticos y barreras dentro de la industria. En la actualidad, la seguridad en sí misma y la autenticidad sobre el escenario se valoran como pilares esenciales para el empoderamiento profesional.

Bajo ese paradigma se destaca la cantautora Dagmar Elisabeth Gerhild Dümchen Schmidt. A pesar de su origen alemán, su particularidad vocal y su sensibilidad artística le permitieron trascender fronteras e integrarse profundamente en la música popular boliviana, consolidándose como una figura relevante dentro del ámbito artístico nacional. Conversamos con ella, aquí su historia.

DE ALEMANIA A BOLIVIA 

Dagmar Dümchen relata cómo su historia personal se entrelazó definitivamente con el contexto artístico boliviano. Nacida en Heidelberg, Alemania, llegó a La Paz a los seis años cuando su padre asumió como pastor de la Iglesia Luterana. Tras una infancia multicultural, retorna por un breve tiempo a Alemania para concluir su formación, pero el destino la trajo de vuelta a Bolivia y estudiar medicina.

Tras años de tránsito entre ambos países debido a su formación profesional y su vida familiar, una decisión personal marcó su destino. «Me separé de mi esposo despues de retornar a Bolivia, ya que él decidió quedarse en Alemania y elegí quedarme en La Paz para el resto de mi vida y aquí estoy muy feliz», confiesa. Aunque hoy sus hijas ya jóvenes radican en Alemania, Dagmar reafirma que su corazón y su trayectoria musical permanecen, sin duda alguna, en suelo boliviano.

CONEXIÓN CON EL FOLKLORE 

Se dice que cantar y componer es el proceso artístico de entrelazar la voz (la emisión controlada de sonidos) con la invención de piezas musicales. Es una forma profunda de plasmar emociones, historias y perspectivas, uniendo letras, melodías, ritmos y armonías para crear una obra memorable, en esa línea Dagmar nos cuenta. 

A los seis años, la música andina despertó en Dagmar una profunda conexión, “esto me llevó a elegir el folklore por encima de la formación clásica que mi padre deseaba. Influenciada por el repertorio de Mercedes Sosa y el contexto de las peñas durante las dictaduras, encontré en la música latinoamericana de protesta mi mayor inspiración. Más tarde, la obra de Matilde Casazola terminó de forjar mi camino y, tras recibir el respaldo de Yolanda Bedregal a mis 15 años cuando comencé a escribir, decidí que mi vocación era ser cantautora”, relata nuestra entrevistada. 

AVANCES DE INTERPRETACIÓN EN SU MUSICA

La voz humana, generada por el aparato fonador, es nuestro instrumento esencial de comunicación y expresión artística. En el caso de Dagmar, esta voz se entrelaza con la guitarra, su fiel complemento, permitiéndole transmitir pensamientos y emociones con una profundidad que logra configurar una identidad propia en su propuesta musical.

Basándose en su experiencia, investigación y un constante recorrido por el país, Dagmar percibe con preocupación una notable disminución en la calidad de las propuestas musicales actuales. Lamenta, “que los contenidos, tanto en letras como en melodías, se hayan vuelto simples y, en ocasiones, comunes, lo que la lleva a advertir sobre una posible decadencia cultural”.

La entrevistada lamenta la desaparición de las peñas folklóricas, “espacios que fueron la cuna de grandes artistas, y observa cómo, por necesidad, muchos grupos musicales han optado por trabajar bajo pedido para fraternidades”. Esta reflexión nos invita a cuestionar el futuro de nuestra música, especialmente en el contexto actual marcado por la invasión de la tecnología e impacto de las redes sociales.

MATILDE CASAZOLA 

Mi vínculo con Matilde se remonta a 1986, cuando ella vivía en el barrio de San Pedro. “En aquellas noches de bohemia paceña, recuerdo cuánto se alegraba al escucharme interpretar sus canciones. Años después, cuando finalmente le presenté este álbum, le encantó el resultado, consolidando así una amistad que hoy valoro profundamente”, recuerda Dagmar.

Dagmar entiende que para Matilde Casazola Mendoza (Sucre, 1943), la literatura y la música son inseparables; su obra es un tejido donde el texto poético posee tanto peso como la melodía. Es, ante todo, una cantautora cuya guitarra no funciona como un simple acompañamiento, sino como una extensión orgánica de su voz y sus versos.

Ella siguió de cerca la trayectoria de Matilde de esa manera decide dedicarle el álbum “Tanto de Matilde”. Es un disco homenaje tras haber grabado varias de sus composiciones en proyectos anteriores; con su aval, la producción se concretó en 2013, junto a Eduardo Yáñez.

LA CHOLA PACEÑA Y NUEVOS PROYECTOS 

En Bolivia, la chola paceña representa la síntesis de las culturas indígena aymara y española, transformando una historia de imposición colonial en un ícono de fortaleza, elegancia, y empoderamiento femenino en todos los ámbitos de la sociedad actual.

Dagmar viste de chola porque así lo siente, “desde pequeña he sentido una profunda admiración por la chola paceña; la veo como una mujer valiente, trabajadora y poseedora de una identidad única… me identifico con la elegancia y recato de la chola antigua; si al vestir así contribuyo a su revalorización, me alegra, aunque creo que han sido ellas mismas quienes ya han conquistado ese espacio de orgullo”, puntualiza.

La artista este año celebra cuatro décadas de trayectoria. Reflexiona; que no ha sido un camino fácil, especialmente en el propósito de reafirmar su identidad como boliviana. “Mis planes inmediatos son seguir aportando nuevas composiciones para enriquecer nuestro acervo cultural, hare una serie de conciertos y presentaciones especiales”, comenta.

Finalmente, ser consecuente con la propia obra dificulta vivir exclusivamente del arte en nuestro país. Dagmar comenta; “Si bien he recibido reconocimientos, el apoyo real ha sido escaso; únicamente el Premio Eduardo Abaroa, otorgado en tres ocasiones, con una remuneración significativa”. Por fortuna, su profesión le ha brindado la estabilidad necesaria para desarrollar la faceta artística con libertad. 

Así como sucede con muchos artistas en Bolivia, tienen que diversificar actividades para que su arte sobreviva, dura realidad que lamentablemente toca aceptarlo en un país como el nuestro que carece de políticas culturales para el arte y los artistas.