A finales de los años setenta, aún en los albores de nuestra juventud, en mi natal Oruro conocí a Emilio Lima Cabrera, estudiante del colegio Saracho, junto a Gonzalo Fuentes Berríos, del colegio La Salle, y yo Ricardo Rocha del colegio Sainz, formamos el trío "Wayra". Nos unía un entusiasmo desbordante por la música folclórica y un sueño común: llegar a grandes escenarios y compartir propuestas musicales con el público. Nuestra premisa era simple pero exigente: ensayar, ensayar y ensayar hasta alcanzar la excelencia.
La perseverancia dio sus frutos en 1978, cuando nos presentamos al 8vo Festival de la Canción Boliviana, el evento musical más importante del país en aquella época. Representando a Oruro y frente a participantes de toda Bolivia, logramos imponernos con una buena melodía instrumental, ganando el festival en la categoría de "Trío Instrumental" con la armonía musical "Kallampitas" del Grupo Aymara —agrupación a la que posteriormente me integraría para una gira por Europa y Estados Unidos principalmente. Historia que será contada en una próxima publicación—.
Aquel festival fue el impulso definitivo que lanzó nuestras carreras. Tras la etapa de Wayra, participamos en múltiples festivales y conciertos por todo el país, especialmente en el occidente, antes de que cada uno emprendiera su propio proyecto musical y profesional.
Emilio era un músico acucioso; estudiaba cada nota con dedicación y buen humor. Su talento con la guitarra no era solo fruto de una habilidad innata para percibir y expresar la música, sino también de una búsqueda constante por mejorar. Para nosotros, tocar no era solo un oficio, sino un ritual donde se conjugaban la aptitud natural y el esfuerzo: Emilio en la guitarra, Gonzalo en el charango y el suscrito con los vientos (quena y zampoñas).
Escribo estas líneas profundamente compungido. Este pasado domingo, Emilio ha partido al más allá. Aunque la vida no nos permitía encontrarnos con la frecuencia que hubiéramos querido, cada reencuentro era un regalo: disfrutábamos recordando nuestros éxitos, compartiendo frustraciones y hablando de nuestras familias.
Emilio, fiel a su esencia, se formó como profesor de música, consagrándose como músico hasta el final de sus días. Fue un formador de generaciones en escuelas y colegios de la ciudad de La Paz, donde fue sumamente respetado en el ámbito académico. Su versatilidad le permitió incursionar también en la música orquestal y animar con su guitarra los corazones en diversos escenarios de la "Ciudad Maravilla".
Recurro a la metáfora de Alberto Cortez para despedir a un entrañable amigo: “Cuando un amigo se va, / queda un tizón encendido/ que no se puede apagar, / ni con las aguas de un río”.
Vuela alto con tu música, Emilio; sé que lo harás tan bien allá como lo hiciste siempre aquí en la tierra. Adiós, mi apreciado amigo.
Tu amigo, Ricardo.
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